Nunca dejo de sorprenderme de lo inculto que soy de mi propia ciudad. Durante años he pasado por sitios llenos de historias espeluznantes sin concerlas en absoluto, y he tenido que pasar un tiempo fuera para darme cuenta de lo vergonzoso que es el no conocer tus propias raíces. Y qué mejor manera de aprender que con los retoques de un grande como Perez- Reverte para que sea más ameno.Más incluso que los momentos heróicos y de pelicula de la resistencia en Monteleón, el frgamento que más me gustó fué el que sigue.
"No lejos de allí, tras escapar de la plaza Mayor, el zapatero Pablo García Vélez, de veinte años, busca a su padre. Cuando la segunda carga de bayoneta francesa ... se vieron separados. Ahora, con la navaja metida en la faja y un tajo de sable que le sangra un poco en el cuero cabelludo, exhausto por el combate y las carreras que se ha dado con los franceses detrás, el zapatero recorre prudente los alrededores, uarneciéndose de portal en portal, preocupado por la suerte de su padre; ignorando que a esas horas, después de huir hasta las cercanías de la calle Preciados, Felipe García Sanchez yace en el suelo con dos balas en la espalda.
-Tenga cuidado señor!... Hay franceses en los Consejos!
García Vélez se vuelve, sobresaltado, Sentada en los escalones de madera, en la penumbra del zaguán donde acaba de refugiarse, hay una jóven de dieciséis o diecisiete años.
- Súbete arriba, niña. Eso de afuera no es para tí.
- Ésta no es mi casa. Estoy esperando a poder irme.
- Pues quédate un poco más, hasta que amaine.
El joven permanece en el umbral, espiando las inmediaciones. Parecen tranquilas, aunque hacia la plaza Mayor suenan tiros. Alcanza a ver un hombre muerto: un paisano boca abajo en la acera, a quince pasos.
Espero -se dice- que mi padre haya lograo escapar.
Luego piensa en los otros. En toda la gente dispersa con la última arremetida francesa. Antes de echar a correr tuvo tiempo de ver a alguno con las manos levantadas, rindiéndose. No le gustaría estar en su pellejo, concluye, con tanto gabacho muerto en la plaza.
- ¿Quiere un poco de pan?
García Vélez no ha probado bocado desde que salío de su casa, muy temprano. Así que va a sentarse en la escalera, junto a la muchacha que le ofrece medio pan de los dos que lleva en una cesta. No es ni fea ni bonita. Dice llamarse Antonia Nieto Colmenar, costurera y vecina del barrio... había salido a comprar en la plaza cuando se vio sorprendida por las cargas de los franceses, y buscó refugio.
- Tienes sangre en la falda, chica- observa el zapatero
- También usted la lleva en las manos y la cabeza.
Sonríe el joven, mirando el rojo oscuro que se coagula en sus dedos y en la navaja. Luego se toca la herida del pelo. Le escuece.
- La de las manos es sangre francesa - Dice, pavoneándose un poco.
- La mía es del hombre muerto ahí afuera. Me arrodille a socorrerlo, pero no pude hacer nada. Luego vine aquí... Por culpa de esta sangre no me dan dejado entrar en ninguna casa. Todo era verme cerrar la puerta, los que abrían... la gente no quiere problemas.
El zapatero escucha distraido mientras mordisquea el pan con voracidad, pero el tercer bocado se le hace imposible de tragar, a causa de la boca seca. Daría la vida, decide, por un cuartillo de vino. Con ese pensamiento se levanta y sube por la escalera, llamando a tres o cuatro puertas. Nadie abre ni atiende a sus voces, así que vuelve a bajar resignado.
- Cobardes hijos de Satanás... son peores que los gabachos.
Encuentra a la joven observando la calle, con su cesta al brazo.
- Se ve todo tranquilo. Voy a irme a casa.
A García Vélez no le parece buena idea. Hay franceses por todas partes, dice. Y no respetan nada.
- Deberías esperar un poco.
- Llevo mucho rato fuera. Mi madre estará preocupada.
Tras mirar con cautela a uno y otro lado de la calle, la muchacha se recoge un poco la falda con la mano y camina apresurada y temerosa. Desde el portarl, García Vélez la ve alejarse. En ese momento hacia los Consejos, oye cascos de caballos; se vuelve y ve a cinco coraceros franceses que trotan calle arriba. Al descubrir a la chica, espolean sus monturas y cruzan frente al portal, gritando de júbilo. Viéndolos pasar, el zapatero blasfema para sus adentros. La pobrecita no tiene ninguna posibilidad de escapar.
- Y aquí se acaba tu suerte, compañero. -
Es lo que se dice a sí mismo, resuelto a encarar lo inevitable. Después, con el chasquido de siete muescas cachicuernas, Pablo García abre la navaja.



