
"Él levantó sus manos, acarició el teclado como buscando una fisura en el silencio, empezó a tocar guiado por la voz, como un ciego aceptado por ella, imaginando de pronto que Lucrecia lo escuchaba desde la sombra y podía juzgarlo, pero ni siquiera eso le importaba, sólo la tenue hipnosis de la voz, que le mostraba al fin su destino y la serena y única justificación de su vida, la explicación de todo, de lo que no entendería nunca, la inutilidad del miedo y el derecho al orgullo, a la oscura certidumbre de algo que no era el sufrimiento ni la felicidad y que los cotenía indescifrablemente, y también su antiguo amor por Lucrecia y su soledad de tres años y el mutuo reconocimiento al amanecer en la casa de los acantilados. Ahora lo veía todo bajo una impasible y exaltada luz como de mañana fría de invierno en una calle de Lisboa o de San Sebastián. Como si despertara se dio cuenta de que ya no oía la voz de Billy Swann: estaba tocando solo y Óscar y el batería lo miraban. Junto al piano, frente a él, Billy Swann se limpiaba los cristales de las gafas, golpeando despacio el suelo con el pie y moviendo la cabeza como si asintiera algo que escuchaba desde muy lejos."
"Hay ciudades a las que uno vuelve siempre igual que hay otras en las que todo termina .... de qué sirve huir de las ciudades si lo persiguen a uno hasta el fin del mundo."
Antonio Muñoz Molina, 1.987
El invierno en Lisboa
1 comentario:
Esta guapo ese libro de Muñoz Molina. Quien se lo iba a esperar en tu blog. Mike y jazz y literatura... te cambian los viajes. Prueba con el perseguidor, un cuentito de Julio Cortazar. O como estas con horario de jubilado, pues directamente Rayuela, a partir del capitulo doce.
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