Una mañana de invierno, de esas mañanas húmedas que aumentan la sensación de frío, un frío que se te mete hasta los huesos. El día no había dado comienzo aún y ni siquiera se atisbaba la salida del sol, la ligera brisa me cortaba la piel y hacía que se me callera el moquillo al caminar. Aquella mañana no había salido muy abrigado y el frescor me hacía estremecer desde las orejas hasta la punta de los pinreles.
- Que frío eh! - comenté a la única persona que estaba en la parada.
- Sí, si - Contestó sin cambiar su postura encorbada por el frío.
- Tiene hora? - pregunté
- Las seis en punto. - tras la contestación, el hombre me puso mala cara y con la mirada me guió a un reloj público que teníamos delante de las narices. A esas horas nunca había casi nadie en dirección a Cantoblanco y el único que andaba por allí no parecía ser muy parlanchín.
Mierda de gente! Tampoco a mí me gusta madrugar! - Pensaba mientras sacaba el paquete de Fortuna dispuesto a mitigar la espera y calentar mis pulmones.
Por fín apareció el autobus, en esta ocasión no se cumplió la ley de Murphy y el divino me había permitido apurar el cigarrillo hasta la última calada. Dejé pasar al engreido que seguía con cara de pocos amigos y me dispuse a recorrer el bus articulado hasta los últimos asientos.
Como todos los días, allí me esperaba Bruno, con su termo de café y la cara de dormido siempre a cuestas que nunca desaparecía antes de media mañana.
- Que pasa Carlitos. Otro gran día! - Desde que le conocí hacía cuatro años, me daba los buenos días con la misma frase.
Bruno y yo nos conocimos durante la entrevista de aquel trabajo que iba a ser temporal y sin embargo nos tenía atados desde aquel día. Nos pusimos a hablar en la sala de espera comentando cómo habíamos visto el anuncio de empleo y la mala pinta que tenía. Los dos nos convencíamos que era sólo una salida temporal para ganar algo de dinerillo mientras retomábamos el vuelo desde nuestras últimas cagadas y volvíamos a perseguir nuestras grandes metas, donde de verdad queríamos llegar; Bruno a esrella del rock y yo a futbolista profesional.
Lo que nunca te cuentan en esta vida cuando eres un niño es que los sueños muchas veces no se hacen realidad. A esa tierna edad todos preguntan - Y tú, ¿Que quieres ser de mayor? Bombero, policía, astronauta...- Cuando tú soltabas que querías ser futbolista, todos sonreían y te decían - Qué bien chaval, como Hugo Sanchez - . No te decían, cuidado chaval que es muy complicado llegar, búscate algo con más salidas, como abogado o economista. Lo mismo si te cortan las alas desde pequeño te haces a la idea, pero todos te dan esperanzas. Sólo se preocupan cuando en la adolescencia se dan cuenta que hablas en serio. Entonces es cuando empiezan a joderte, pero yo ya no daría vuelta atrás, lo tenía claro, entrenaba todos los días, pensaba en futbol a todas horas y no me iba mal, era la estrella del equipo del colegio. Naturalmente, como todo deportista que se precie, era un desastre como alumno, pero bajo la amenaza de quedarme sin futbol fuí sacando los cursos a duras penas.
Hace un par de años que comencé a ser consciente que el futbol para mí había terminado. Era bueno, había fichado por los juveniles del Rayo vallecano y se comentaba que algún "ojeador" de los grandes me venía siguiendo. La fatalidad hizo que en un accidente de moto me partiera las rodillas, bueno, la fatalidad y el hecho de ir haciendo una carrera, a 100 por hora y después de haberme bebido unos cuantos litros de calimotxo. Intentaba impresionar a Lourdes, una chica de mi instituto a la que le volvían locos los valientes, y yo intentaba con ese gesto ganarme su corazón. Fué un acto muy noble por mi parte, pienso yo, pero ella decidió que no seguiría besándose con alguien que había destrozado su moto y que durante una larga temporada tendría que andar con muletas y ayudado por su madre.
Bruno por su parte, es un músico incomprendido. Siempre dice que algún día valorarán su vanguardismo, pero que la sociedad actual no está preparada para su sonido rompedor. Yo debo de ser de ese grupo que no le entiende porque me parece que toca fatal, pero siempre le digo que no desanime, además si algún día se hace rico tendrá que darme el 50 % de lo que gane, algo comprometido cuando le dejé los 300 euros para que grabase su maqueta.
Nuestro trabajo era muy exigente, madrugar mucho y mucho estres, además de no ganar mucho, pero suplía estas carencias por el hecho de rodearnos de un ambiente joven, de gran conocimiento y mucho potencial. Trabajábamos en la Universidad.
- ¿Viste ayer el partido del Madrid? - Le decía a Bruno mientras preparaba la cocina para los pinchos de las 11.
- Siempre igual, si sabes que no me gusta el futbol -
- Bueno, pero es lunes y es obligado. No pierdo la esperanza, a mi sobrino tampoco le gustaba y ahora me recita de carrerilla las alineaciones de todos los equipos de primera.
Cuando digo potencial me refiero por supuesto a las alumnas. Chicas descarriadas que se pasabann el día en la cafetería jugando a las cartas y fumando porros, lo que nos ofrecía un paisaje incomparable.
lunes, 21 de enero de 2008
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3 comentarios:
Bueno, esa vertiente tuya literaria no la conocia. Por un momento pense que seria autobiografico, pero de momento no creo que te llames Carlitos :P. Un saludo
Qué grande Mikels!! Muy buena!! Yo también tenía despistada esa faceta, pero de verdad, que no se te da nada mal!! Por un momento he pensado "anda, ¿volverá a fumar? y... ¿encima fortuna?... En fin, espero que todo en orden. Hablamos prontito. Y a ver si organizaqmos algo... Un besito.
Bárbara
Jajaja, Bárbara, yo pensé lo mismo: "este ha vuelto a fumar". En fin Mike, bonita historia y estoy de acuerdo en eso de que de pequeños deberían contarnos que los sueños no siempre se cumplen, aunque también a no dejar nunca de luchar por ellos.
Un besazo y a ver si nos vemos pronto, que os echo de menos un montón.
La "Dumar"
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